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e-learning: ¿qué
pasa con la calidad?
José
Enebral, consultor de e-learning. Diciembre
2003
Ya en los años 80, cuando se iba imponiendo el PC, oímos
hablar de una rápida difusión de la Enseñanza
Asistida por Ordenador (EAO); quizá entonces, el avance de
la EAO se vio limitado por las posibilidades de las tecnologías
disponibles, pero todavía, casi 20 años después
y ya en el siglo XXI, el aprendizaje programado y servido por ordenador
–ahora e-learning– sigue sin despegar en España.
Algunas grandes empresas han dispuesto soluciones
de e-learning en sus redes, pero incluso en éstas, el método
representa todavía una discreta contribución al aprendizaje
y desarrollo de las personas. Encontramos, en torno al e-learning
y como ocurría al final de los 80, entusiastas y escépticos,
optimistas y pesimistas, convencidos e indecisos, seguidores y detractores.
Pero creemos que hay, entre otras pero sobre ellas, una asignatura
pendiente que viene a explicar, en alguna medida, la situación:
la calidad de los contenidos.
Se diría que, de momento, el e-learning cautiva más
a los departamentos de Recursos Humanos que a los usuarios. Para
aquellos, representa la incorporación del avance tecnológico
y metodológico, y una solución para los recortes presupuestarios;
pero los usuarios, más atentos al “contenido de los
contenidos”, en función de su calidad viven de otra
manera el e-learning y, tras las primeras experiencias, muestran
reacciones muy diversas que van de la satisfacción a la indignación,
ésta todavía mayor si surgen problemas técnicos
durante el aprendizaje.
Hay sí, quienes, tal vez frustrados –por el contenido
o por los problemas técnicos–, abandonan los cursos
sin concluirlos y con pocas ganas de iniciar otro, aunque la mayoría
repita experiencia. Algunas empresas en que se está implantando
hablan, tal vez prematuramente, de éxito, pero también
se habla –y quizá asimismo prematuramente– del
fracaso del e-learning.
Para que la visión de este articulista se perciba en su
justa limitada medida, diré que, dedicado primero y durante
bastantes años a la formación técnica presencial,
empecé a dirigir proyectos de Enseñanza Asistida por
Ordenador y de Vídeo Interactivo (para Telefónica,
Alcatel, Sociedad del Quinto Centenario, Retevisión...) mediados
los 80, trabajando en Standard Eléctrica. En aquellos años,
asistí a diferentes eventos al respecto dentro y fuera de
España, y recuerdo que había un cierto movimiento
relacional, si no asociativo, entre las empresas afectadas (fabricantes
de equipos, desarrolladoras de contenidos, productoras de audiovisuales,
etc.).
Más recientemente, diseñé los guiones de numerosos
cursos on line para directivos, y fui tutor, proactivo y reactivo,
en campus virtual, de miles de titulados y directivos de diferentes
grandes compañías (Alcatel, Telefónica, Aena...).
No obstante, debo confesar que mi experiencia como usuario de e-learning
es mínima: no recuerdo haber aprendido nada, o nada significativo,
por este método.
Dicho lo anterior, en este artículo uno se suma a quienes
defienden –ya lo han hecho otros consultores– que la
falta de contenidos y, sobre todo, de calidad didáctica en
los mismos (aunque no es justo generalizar), constituye uno de los
principales frenos al desarrollo del e-learning, como creemos que
tampoco se habría desarrollado tanto la televisión
si sus programas no hubieran sintonizado con la audiencia, ya desde
los primeros años del blanco y negro. (Acudimos a esta analogía,
a pesar de que la televisión sea, sobre todo, un medio de
información y de entretenimiento, y, en cambio, el e-learning,
procure un aprendizaje necesario; la formulamos para restar algo
de peso específico a la tecnología, transparente para
los usuarios, y dárselo a los contenidos, que parecen faltos
de atención por parte de quienes toman las decisiones).
La evolución del mercado: ¿éxito
o fracaso?
Claro, hay que aceptar que el desarrollo del e-learning está
frenado, y sobre esto parece haber varios puntos de vista: José
Lozano, presidente de AEFOL, dice que “el crecimiento del
mercado es espectacular”; mientras, Juan José Pérez,
presidente de la Asociación de Proveedores de e-Learning
(APeL), dice que el e-learning “está empezando a madurar,
pero a un ritmo más lento del que cabía esperar hace
dos o tres años”. Seguramente el crecimiento es notable
como sostiene Lozano, pero, para los proveedores y para los más
entusiastas, está resultando insuficiente.
Echando mano de algún dato disponible más concreto
–lo recogemos por aleccionador–, sabemos que un conocido
proveedor, después de un mal año 2002 (importantes
pérdidas y reducción de plantilla), ha rebajado sus
expectativas de facturación para este año 2003 hasta
dejarlas en la cuarta parte (un 25 %) de lo públicamente
anunciado hace dos años: de unos 20 a unos 5 millones de
euros en la actividad específica de e-learning. Y tampoco
otros proveedores están viendo satisfechas sus más
modestas expectativas de crecimiento.
O sea que, a nuestro entender, las cosas no parecen ir todo lo
rápido que se esperaba o anhelaba, y hay, dentro del sector,
quien se pregunta por qué está fracasando el e-learning.
Se lo pregunta, por ejemplo, Javier Martínez Aldanondo, conocido
consultor con quien he contrastado alguna vez mis ideas sobre la
eficacia didáctica de los contenidos, y de quien pueden leerse
interesantes artículos en diferentes medios. En realidad,
Martínez Aldanondo parece confiar en el éxito final,
si se cuida más la referida eficacia didáctica de
los contenidos. Sostiene que, en e-learning, rara vez se mira el
mundo a través de los ojos del alumno, y me declaro de acuerdo
con lo que quiere decir.
Parece oportuno, en estos primeros párrafos, traer algunas
cifras obtenidas de los proveedores (APeL): en España, el
e-learning supuso una facturación de casi 28 millones de
euros en 2001, y de unos 45 millones en 2002. No estamos seguros
de que estas cifras sean rigurosas, porque nos parecen bajas y hay,
desde luego, proveedores no asociados; pero sirven para aceptar
que el crecimiento es notable –como no podía ser de
otra manera en algo que nace, o mejor renace, ahora ya en la modalidad
on line–, aunque claramente no responda a las extraordinarias
expectativas creadas. Es oportuno señalar que la facturación
en productos (en contenidos) crece bastante menos deprisa que en
los servicios de gestión y seguimiento, lo cual nos parece
preocupante.
¿Qué
pasa con los contenidos?
Ya abordé este tema –los contenidos– en un artículo
anterior, refiriéndome al libro de Aedipe “e-Learning:
las mejores prácticas en España”. Las empresas
(Aena, Oracle, Ferrovial, Endesa, Caja Madrid, Alcatel, IBM, SCH...)
parecen demandar buenos productos (a buen precio), que satisfagan
las expectativas y necesidades de los usuarios, y éstos también
parecen demandar buenos cursos, de alta eficacia didáctica,
que les hagan sentir que están aprovechando el tiempo.
Sin embargo, el proveedor patrocinador del libro de Aedipe (José
Ignacio Díez, Consejero Delegado de FYCSA, distinguido con
el Honorary Degree de ESERP), tras un estudio realizado por la propia
FYCSA, parece relativizar la importancia de la calidad en los contenidos
y aconseja a las empresas que dosifiquen su esfuerzo inversor en
los mismos. José Ignacio Díez nos recuerda, en el
libro que patrocina, que en la Universidad aprendíamos con
apenas una copia de los apuntes del más estudioso de la clase,
y señala que el éxito de la formación on line
radica en la elección de la metodología y en los elementos
motivacionales.
Empero, sabemos que otros proveedores sí apuestan más
visiblemente por la calidad, es decir, por la eficacia didáctica.
Otra cosa es que siempre se consiga (no nos lo parece); pero creemos
que, de entrada, hay que apostar por la misma, en beneficio de la
consolidación del e-learning. En la relación entre
las empresas y los proveedores de e-learning a medida, hay que acertar
–eso nos parece– al definir convenientemente los temas
a abordar, e igualmente al desarrollarlos en diálogos usuario-sistema
con intención docente. Por hablar de lo que mejor conozco
(formación de directivos), no creo que se puedan desarrollar
muy sensiblemente determinadas habilidades –cognitivas, emocionales
o mixtas– mediante aprendizaje on line, pero algo importante
se puede sin duda hacer y vale la pena.
El punto de
vista del autor
Aquí nuestra versión de por qué la calidad
y eficacia de los contenidos resulta sensiblemente mejorable, de
por qué los usuarios no se sienten suficientemente satisfechos.
Los interesados tendrán así otra opinión sobre
la evolución del e-learning, aunque quizá la tengan
repe.
Uno, antes de seguir, se queda pensando y dudando: es posible que
la calidad tenga un precio que las empresas no estén dispuestas
a pagar; es posible que los proveedores, cansados de esperar, deseen
ya obtener recompensa económica de sus esfuerzos de I+D;
es posible que las empresas no sean todavía tan cuidadosas
con la calidad como aparentan; es posible que, después de
todo, el que quiera aprender aprenda, aunque no se le den muchas
facilidades; es posible que los proveedores obtengan mayor beneficio
de la venta de servicios que de la de productos; es posible que
dentro de poco la formación corra a cargo del empleado; es
posible que, de momento, el e-learning se vea más como business
que como método de aprendizaje; es posible que los usuarios
necesiten un “defensor del alumno”; es posible que falten
buenos diseñadores de contenido (guionistas)... Todo esto,
si no seguro, es posible.
Pero, al hilo de la discusión sobre calidades y precios,
y de la posible ansiedad, en proveedores y en departamentos de RRHH,
por alcanzar el éxito perseguido, hay un factor en que deseamos
incidir: el creciente protagonismo de los tecnólogos en la
producción de los cursos. Uno ha pasado años proclamando
que, así como normalmente en las empresas, sin descartar
sinergias y sintonías, la fabricación se subordina
a la ingeniería, en e-learning podía estar siendo
frecuentemente al revés, bajo mi punto de vista.
Organícense los proveedores como quieran, pero sugerimos
que la responsabilidad sobre los productos corresponda al personal
docente, más capacitado para sancionar su potencia de contribución
al aprendizaje. Malo sería, si se dejara la dirección
de los proyectos de e-learning a los tecnólogos, de modo
que los docentes guionistas actuaran como meros subcontratados,
con un limitado tiempo asignado; malo sería, porque los cursos
podrían ser muy vistosos, pero menos eficaces.
Podrá pensarse, desde luego, que más importante que
la conformidad de los docentes es la del propio cliente al aceptar
el producto; pero no nos engañemos. En fin, hablamos como
docente diseñador de e-learning, porque este ha sido nuestro
papel durante varios años. El lector sabrá encontrar
otras voces que también han de ser oídas.
Pero si, al enfocar nuestra atención sobre los contenidos,
estamos señalando la sintonía o desintonía
de las relaciones entre clientes y proveedores, y también
entre tecnólogos y docentes dentro de cada proveedor, queremos
finalmente insistir en la posible convergencia o divergencia de
expectativas entre los departamentos de Recursos Humanos (clientes
primeros) y los usuarios (clientes últimos). Puede haber
entendimiento mutuo y armonía en todas estas relaciones,
pero, en busca de la consolidación del e-learning, tenemos
que profundizar en ellas.
No estamos seguros de que siempre haya plena sintonía y
alineación entre los usuarios y sus áreas de RRHH,
que, por otra parte y en grandes empresas, se relacionan normalmente
a través de los jefes de los usuarios, o de coordinadores
ad hoc. Si es así, si la sintonía y sinergia se impone,
estupendo y felicidades; pero si no fuera así, también
deberíamos analizar esto: ya hemos sugerido que los profesionales
de RRHH han de perseguir legítimos objetivos que no siempre
coinciden con los de los usuarios y protagonistas de la formación.
Comentarios
finales
Las tres demandas (de entendimiento tras el objetivo perseguido:
el aprendizaje) que me he atrevido a formular habrían de
reflejarse en unos contenidos más idóneos (sobre todo
en el qué y en el cómo), que procuren auténtico
aprendizaje y generen satisfacción de aprender y desarrollarse.
Parece acertado situar el protagonismo de la formación en
los que aprenden, pero, quizá por ello y en lo que se refiere
al desarrollo de soft skills, no me parece tan acertado
imponerles contenidos y métodos, sin su convencimiento o
su interés, aunque se les otorguen créditos a cambio.
Quizá la formación técnica o funcional se
articula con mayor protagonismo de las áreas necesitadas,
pero la denominada formación de directivos se orquesta desde
los departamentos de Recursos Humanos, y, aunque el desarrollo de
habilidades es incuestionablemente necesario, los individuos no
poseen siempre una clara noción de la necesidad y pueden
sentirse sometidos a los dictados del área de RRHH. Centrándonos
ya en esta idea, vamos terminando este artículo.
Dentro del competency movement, en lo referido a fortalezas
personales y a habilidades cognitivas y emocionales (sobre las que
se diseñan las famosas píldoras on line), los individuos
deberían quizá empezar por reflexionar sobre el auténtico
significado de la empatía, el liderazgo, la integridad, la
flexibilidad, la iniciativa, el pensamiento conceptual, la intuición,
la visión sistémica, la creatividad, la capacidad
de análisis y síntesis, los modelos mentales, etc.,
sobre la incidencia que en su trabajo tienen todas estas cosas,
y sobre el beneficio individual y colectivo que generaría
una mejora en el desempeño.
A partir de aquí, tal vez no serían tan necesarios
los estímulos por la vía de los “puntos”
o “créditos”; por el contrario, sin lo anterior,
sin el convencimiento de los individuos, las horas de formación
se consumen y se recogen en informes, pero el aprendizaje no se
genera o no se genera en igual medida.
Este consultor apuesta por la motivación intrínseca
y el aprendizaje autotélico: un curso on line no debe ser
como un viaje en avión en el que estamos deseando aterrizar
(para que nos den los “créditos”), sino como
un viaje en globo en que vemos el mundo a nuestros pies y disfrutamos
de la sensación. El contenido de un curso on line debe ser
acorde con la necesidad a que responde, para que nos lleve adónde
queremos ir, y debe ser didácticamente bueno, para que disfrutemos
del viaje y lo aprovechemos.
Creo, siempre hablando de la denominada formación de directivos,
que las referidas píldoras on line (2, 3 ó 4 horas
de duración) pueden resultar muy idóneas para explicar
el concepto correspondiente, facilitar la autoevaluación
posterior, y contribuir al autoconocimiento que ya nos predicaban
en Delfos (Gnothi Seauton); pero, ya para emprender la mejora deseada,
el e-learning resultaría probablemente insuficiente.
Es esencial que el usuario sea consciente de la necesidad e importancia
del aprendizaje, y lo desee; y también lo es que sus expectativas
no se vean frustradas en los contenidos ofrecidos por el e-learning.
Hasta aquí una síntesis de mi modesto punto de vista,
formulado con la intención de que todos, si no lo hacemos
ya, prestemos gran atención a la satisfacción de las
legítimas expectativas de los usuarios.
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